domingo, mayo 17, 2009,7:35 PM
Tía Sonia
De mi Tía Sonia tengo tantos recuerdos como historias. Pienso en su voz, en su delantal de enfermera siempre blanco, en su marcado temperamento y de pronto todo retrocede 15, 20 años atrás y la veo llevándome de la mano a la playa de Caleta Abarca. La repito comprándome lápices, camisas, helados.. o dándome secretas y cómplices monedas cuando me despedía de ella en la puerta los domingos.

A medida de que los años avanzaron su presencia se fue delineando aún más. Recuerdo que cuando mi mamá se fue ella se convirtió en una madre desde lejos y cerca. Disciplinó algunos de mis pasos adolescentes, sus visitas aumentaron la frecuencia y, al tiempo, comencé a beber de su carácter, su forma de ver la vida, su determinación. Me enorgullecía llevar su lunar en la nariz y admiraba su valentía frente al dolor físico. Quizá lo mismo transmitió en las inyecciones y vacunas que inoculó muchísimas veces en los brazos de toda la familia.


Luego, al partir mi padre, revivo la imagen de mi Tía Sonia destruyéndose en desesperación por apenas un minuto, para luego respirar muy hondo y asumir las determinaciones. Su frialdad de enfermera actuó en un parpadeo: rápidamente lo dispuso todo con el único propósito de que el dolor fuese lo más leve posible para los tres hermanos que lo perdían todo. Desde entonces, su maternidad fue absoluta.

Mi Tía Sonia es tal vez la única persona que me expresó orgullo por alguno de mis logros. Fue la única que estuvo pendiente de las noticias de su sobrino en la radio. Fue la que secretamente supervisaba mi crecimiento. La que me contuvo en los mayores dolores y la que me enseñó a no llorar "por fuera".


Este viernes mi Tía partió silenciosamente. Tal como siempre dibujó su vida, lo hizo casi en secreto a sólo horas de ser dada de alta. Se fue con la historia de la familia en los ojos. Nos dejó con sus misterios y el dolor abierto. Sin embargo, paradójicamente, su partida me reveló algo que sólo ahora alcanzo a comprender: este viernes no perdí a la tía de siempre, sino despedí a una verdadera madre, a la engendradora, la que siempre me refugio en su calor y en su disimulo. Sin muchas palabras ni caricias, fue la que me dio un espejo y una brújula, la que me dio calor cuando hizo más frío. Fue ella, con sus ojos y su sonrisa discreta, la que me hizo sentir seguro para crecer.
 
Escrito por Manuel
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sábado, abril 11, 2009,11:35 AM
La ciudad de la furia

"Buenos Aires se ve tan susceptible", reza la emblemática "Ciudad de la Furia" de Soda Stereo, en su melancolía urbana, de ángeles opacos y transeúntes de abrigos negros. La canción pasó por mis oídos una y otra vez.. y no dejé de encontrarle razón a la voz de Cerati mientras me sumergí en la capital argentina, en sus recovecos europeizados, la exageración arquitectónica, el semblante asertivo de sus habitantes, entre el olor de la humedad atlántica, la urbe que se mueve como una bestia sin domar, la belleza ajada pero intensa, las cicatrices de la crisis económica y un discurso que evoca al pasado luminoso de los 40.



Cuando pisé Buenos Aires lo primero que me hizo comprobar que estaba ahí, en el corazón argentino, fue el Luna Park: gigante, divertido, histórico. Pensé en los discursos políticos de antaño, los conciertos ochenteros de Virus o Charly García en medio de la histeria patria por las Malvinas perdidas, la aversión a todo lo que sonara anglo y el chauvinismo... tal vez una de las características más evidentes del país de los mates.


Pasé también de noche por la Casa Rosada, y claro, de inmediato el recuerdo de Madonna rasgando sus cuerdas vocales en 1996, desde el mítico balcón, trascendió la fama de la misma Evita con su "Don't cry for me Argentina" y la renuncia histórica a competir por la vicepresidencia junto a Perón. Las banderas albicelestes que en el Buenos Aires de abril de 2009 lucen a media asta por la muerte de Raúl Alfonsín... la noticia que marcaría todo el periplo.



En los intensos cuatro días, nos sumergimos con Lorena y Adriano por el barrio de San Telmo y su perseverante lucha por mantenerse intacto e incólume de la vorágine. Sus heladerías, el restaurant Federal con sus increíbles bifé de chorizo, las calles de hormigón reemplazadas por el adoquín, la feria del domingo con su evocativa exhibición que se camufla en el pasado perfecto, los sifones, teléfonos de disco, figuritas, mates, joyas y recuerdos... más allá los negocitos que se mantienen vivos (acá los supermercados son excepción) y los innumerables museos creados a partir de cualquier pretextos... Museo de refugiados checos en Argentina, Museo del ferrocarril antiguo de la costa, Museo del aniversario 100 de Avenida de Mayo... museos y teatros, cafés y boliches, librerías, confiterías, heladerías... multiplicadas, repletas, vivas, apelando a volcarse y ocupar el espacio público.


También conocimos Recoleta y su boato de tiendas de lujo y fachadas preciosas, el barrio de Palermo con su parsimonia italiana, la feria del libro usado donde -por fin- encontré "De parte de la Princesa Muerta" a un precio razonable, las tiendas de origamis, vinos argentinos, tiendas de lámparas, boutiques enfrentadas unas a otras en su anulada lucha creativa y vanguardista.. y la tarde colándose por los árboles y los letreros fastuosos.


El recorrido incluyó, por cierto, el colorido Barrio La Boca, con sus fachadas de utilería tanguera, sus calles repletas de turistas-fotógrafos, los souvenires y los héroes del país... un chico bailando como gaucho, figuras de Eva Perón, Maradona y Gardel saludando desde las alturas, los mates y frascos de dulce de leche, banderas albicelestes y acordeones... Luego, Puerto Madero y la bofetada contemporánea hacia el futuro, para convertir a Baires en la urbe que mimetiza a Nueva York en Sudamérica.. grandilocuente, audaz, divertida, y por sobre todo, exagerada.


También visitamos el Cementerio de Recoleta, con el santuario-tumba de Evita, la peregrinación a Alfonsín (recién enterrado y cubierto de flores y fieles despidiéndolo), los ángeles y estatuas que contrastan con la ciudad desatada histéricamente afuera...



Además, seguimos la ruta del mítico Café Tortoni, con sus expresos humeantes, facturitas y olor a pasado en los muros de madera noble, proseguimos por el Parque Japonés, el Congreso Nacional, el majestuoso Teatro Colón, la Librería El Ateneo (¡!) y las el sinfín de calles, esquinas, fachadas, el viejo metrotrén de madera (una joya), buses colorinches y el apetito bullente de Buenos Aires...humanizado en mi cabeza como un adicto a la noche, la intesidad, la buena vida y la risa sin grilletes.

De vuelta, me encontré con Santiago de noche, distraído, semidormido... y no dejé de pensarlo personificado como el estudiante estructurado, que combate consigo mismo y sus pasiones... y no sonríe nunca en su competitivo afán de disciplina. Quizá nunca haya sido así o, tal vez, momentáneamente, me deshice de su nostalgia en el país de la intensa exageración.
 
Escrito por Manuel
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martes, marzo 17, 2009,2:37 PM
Olor a cariño

Camino por un cerro de Valparaíso, una tarde de jueves. Sigo el trayecto de las calles torcidas y traviesas, que desafían la gravedad y nos convierten en acróbatas. De pronto, huelo desde una casa de latón verde olor a té, pan tostado y un queque recién horneado. Me detengo y con disimulo miro por la ventana. Diviso a una señora llevando las tazas y platos, disponiendo el queque en la mesa, el azucarero, los "batidos" en la panera, la mantequilla y la palta. De pronto, gira sobre sí misma y llama a sus hijos a "tomar once". Todos bajan y se sientan. El olor se hace más fuerte y me lleva 20 años atrás...


Qué nítido se dibuja el recuerdo de mi madre preparando el té mientras yo consumía mis juegos de niño en la tierra y en el barro... Ella miraba de lejos, preparaba algo rico. Podían ser roscas, panqueques o una torta de piña. Las delicias siempre eran una sorpresa. No revelaba nada. Sólo la veía de reojo enmantequillando el molde redondo del queque, batiendo huevos o vertiendo la leche... siempre con una sonrisa ansiosa, con la anticipación bajo la piel. El misterio terminaba cuando nos llamaba a "tomar once". Con mi hermana dejábamos los juguetes y los mundos construidos en cinco minutos, corríamos prestos y esperábamos que apareciera ella, con el manjar que tallaba sonrisas anchas en sus hijos.



Recuerdo también a mi abuela. Molía con ímpetu paltas. "Sólo Hass", decía. Les ponía un poco de aceite y sal y las llevaba a la mesa. Nada más exquisito, pienso ahora, que una marraqueta con la palta de mi abuela Sara. Nada mejor que un té de las pequeñas teteras casi extintas hoy. Nada igual al sonido de las cucharas mezclando el azúcar, mientras "Cine en su casa" o "Tardes de Cine" escapaban de los televisores con antenas.

Más adelante fue mi hermana mayor la que freía y revolvía huevos, esparcía orégano y sal, y lo ofrecía aún con el sonido del aceite crepitando para acompañarlo del pan crujente de la tarde.

Mi abuela, mi madre, mi hermana, las mujeres de mi infancia...siempre creando, cocinando, entregando, queriendo con el suave pincel de los sabores, texturas, olor y colores.



Hoy camino por Valparaíso y veo a las mamás que van a buscar a sus hijos al colegio. Diviso a las mujeres que compran el pan. Escucho de pasada a las que conversan sobre lo que harán de almuerzo al día siguiente. Huelo la vida, el olor a cariño, esos tonos adheridos a la memoria emotiva. Los pequeños recuerdos que jamás se olvidan.
 
Escrito por Manuel
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domingo, marzo 01, 2009,11:35 PM
El Persa anacrónico

El Persa Biobío oculta sus secretos bajo el polvo. Teje con la pátina de los cuadros un relato paralelo al de la compraventa, entre el óxido de los yelmos y espadas sin blandir, en la mezcla del polvo de bergeres, juegos de té, muñecas de porcelana gastada y las páginas amarillas de los cientos de libros. Todo se conjuga entre el desuso, la vejez y la belleza.



Cada domingo se instalan en ese tren de bodegas viejas cientos de comerciantes embebidos en un objetivo simultáneo al del dinero. Parecen poseídos por la nostalgia, distraídos en el peso de los tesoros que ofertan. Conocen a Almodóvar, historias secretas de Hitler cuando escribió "Mi Lucha", releen un Fortín Mapocho que acusa a Pinochet de "Mal Actor" como si titulara noticias frescas. Tararean canciones francesas de posfuerra. Fuman pipas. Lustran camafeos. Otro tiempo, otro lugar. Tal vez señalado por un fino reloj detenido que vale más por su marco de ónix que por su funcionalidad.


En otra esquina, una victrola grita a María Callas. Al frente, un hombre joven oferta películas XXX a un grupo de parroquianos con la mirada encendida. Más allá, juguetes de plástico fluorecente, películas usadas, máscaras de Darth Vader que sujetan inciensos de Nag Champa. A la izquierda se abre una peluquería que atiende a un señor dormido en la butaca. Pastiche, mezcolanza, acuarela de épocas, voces y locuras dentro de los bodegones o fuera de ellos, en esas callecitas de adoquines que entrelazan el laberinto y se cubren de revistas Triunfo, parachoques, reproducciones de Dalí y repuestos de autos viejos.



Pese a todo el cóctel de estilos, edades e historias, los objetos y sus transitorios dueños parecen ordenarse por acomodo. Los viejos que venden muebles finísimos (que no se dejan ir) se ubican en el ala sur. Comparten las vitrinas de opaca elegancia, refrigeradores setenteros, estantes, roperos y libreros. Hablan el idioma de lo pretérito. Recuerdan la antigua política con sus Topazes arrugadas. Se ríen de una caricatura del Almirante Merino borracho. No quitan el polvo, menos pulen: el deterioro lo aquilata todo.


En el sector contrario, conviven los que comercian tecnología, juegos de computador y artefactos que años más tarde acompañarán a los abandonados Ataris y consolas que parecen rogar atención, en un rincón-cementerio. Se congregan los amantes de lo nuevo, pasmados en cofradía con PSPs, Play Stations y simuladores. Parecen anacrónicos con el homenaje al pasado. Mueren en su duración, al hablar del futuro que se diluye más rápido aquí.



Y entre canciones perdidas, una pareja gótica que ofrece discos de Cocteau Twins en un mantel amarillo, dos abuelitos que hablan de Baudelaire mientras ella vende pipas y él exhibe tesoros militares... en esos devenires avanza la tarde en el Biobío. El templo que tributa al pasado y no deja entrar pulcros conceptos de orden, en su sinsentido cargado de vidas que no están y dejaron sus objetos como testigos para dar oxígeno a la memoria.

 
Escrito por Manuel
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Los Parroquianos